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La casa vacía

  7:30 a.m. Suena un portazos. Un rumor de llaves cierra la entrada principal.  8:00 a.m. La luz del sol se cuela por la ventana. Las plantas hacen fotosíntesis. Ha nacido un nuevo brote en la maceta. 10 a.m. Una gota ce sobre los platos sucios en el fregadero. Las moscas revolotean sin temor. 12:00 m. el calor arrecia. Las toallas húmedas, amontonadas en el baño cultivan hongos y bacterias. El cubrecama destendido no promete un futuro. 1:45 p.m. El viento hace volar las cortinas. Algunas hojas caen sobre la alfombra. 2:53 p.m. Se enciende el televisor de la sala. Una alerta en la pantalla indica que se grabará el próximo programa.  4:30 p.m. Una descarga eléctrica hace temblar al refrigerador. 5:22 p.m. Un rumor de llaves abre la puerta principal. Un portazo se escucha. Dos zapatos salen volando y un maletín encuentra destino en una mesa, mientras el sofá recibe a un hombre cansado que exclama: -¡Hogar!, dulce hogar. 

Girando hacia el infinito

 

Caminar por la ciudad a media noche me daba paz. Disfrutaba del conticinio y de cómo las cosas cotidianas desaparecian entre la oscuridad. Pocos autos, nada de gente. Un paseo relajante. 

En esa ocasión decidí adentrarme en el viejo parque de atracciones que estaba hacia el oeste . Había pasado por allí un par de veces, pero nunca me atreví a entrar, a pesar de lo mucho que me gustan los espacios abandonados que tienen un aire de lúdico. 

Caminé sin apuros, no llevaba mi teléfono. Estaba desconectada del mundo y me atreví a descubrir el lugar en ruinas que apenas estaba iluminado por las luces lejanas. 

Vi de cerca las caras de los payasos de los autos voladores y toqué sus caras imitando sus muecas. Luego, me acerqué al tiovivo y me subí a uno de los caballos haciendo gestos al aire con mis manos como si aquella cosa en realidad girara. 

¿Cómo es posible perder tan pronto los sueños de la niñez?

Pensaba si era mejor imaginar en la tarima a dos hombres carniceros enmascarados en un duelo de lucha libre, o ver a una mujer bailando desenfadada un flamenco cuando en su vida diaria era una aburrida costurera. 

Dejé de lado esas amargas impresiones de la realidad y exploré la rueda, tan sencilla y excitante a la vez pensar que podría ir hasta las alturas y sentir el viento fuerte soplar sobre mi cara. 

¿Aquello funcionaría todavía? Miré hacia el cuarto de máquinas y me dirigí hacia el para ver si hacía andar el aparato. Intenté abrir la puerta de los controles, pero no se abría, finalmente hurgué entre mis bolsillos hasta sacar las llaves junto a la pequeña linterna que siempre llevo conmigo. 

Exploré la manivela y la forcé dando vueltas, hasta que por fin se abrió. Los botones estaban un poco oxidados por el moho y la humedad, pero luego de varios minutos, y para mi sorpresa, la rueda comenzó su lento andar. 

Brinqué de la emoción elevando los brazos al cielo, y corrí a subirme a una de las sillas. Me eché hacia atrás mirando cómo me acercaba hacia el cielo estrellado. Luego de varias vueltas busqué nuevamente en mis bolsillos el reloj para saber qué hora era, pero me encontré con un pequeñísimo frasco. Helada, lo apreté entre mi mano y entonces la rueda paró de girar. Estaba en lo más alto. Suspiré tranquila y sacando el frasco intenté mirar a través de él las luces que titilaban. Y sin más,retiré el corcho y me bebí el contenido. 

No sabía cuanto tiempo pasaría, ya no quería bajar. Quería estar en la rueda y ver las estrellas, y olvidarme de todo. De la lucha, de la costurera, del tíovivo y los payasos. Y de la terrible ausencia de diversión que sólo el parque me había recordado. 


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