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La casa vacía

  7:30 a.m. Suena un portazos. Un rumor de llaves cierra la entrada principal.  8:00 a.m. La luz del sol se cuela por la ventana. Las plantas hacen fotosíntesis. Ha nacido un nuevo brote en la maceta. 10 a.m. Una gota ce sobre los platos sucios en el fregadero. Las moscas revolotean sin temor. 12:00 m. el calor arrecia. Las toallas húmedas, amontonadas en el baño cultivan hongos y bacterias. El cubrecama destendido no promete un futuro. 1:45 p.m. El viento hace volar las cortinas. Algunas hojas caen sobre la alfombra. 2:53 p.m. Se enciende el televisor de la sala. Una alerta en la pantalla indica que se grabará el próximo programa.  4:30 p.m. Una descarga eléctrica hace temblar al refrigerador. 5:22 p.m. Un rumor de llaves abre la puerta principal. Un portazo se escucha. Dos zapatos salen volando y un maletín encuentra destino en una mesa, mientras el sofá recibe a un hombre cansado que exclama: -¡Hogar!, dulce hogar. 

Divagaciones

 ntada, me preguntó: —Defina éste período—

Respondí sin inmutarme: —La nada y la desesperación—


—¿Siente usted eso?— añadió

— Tengo una contradicción. Siento nada y desesperación en cuanto a cosas que parecen no ser resueltas de la vida tangible. Más sin embargo me siento llena de mucho y en tranquilidad, a pesar de la decadencia de la vida circundante — y tomándome la cabeza respondí— he sentido antes la verdadera nada y la verdadera desesperación, y este tipo de nada y de desesperación no corresponde a aquella experiencia. Las preguntas me hacen pensar en el cuerpo y en la mente. Carezco de muchas cosas que, corporalmente deberían satisfacerme y colocarme en un espacio de confort. En otras palabras, no es un espacio de confort tener deudas, y sentir que todos los miedos te invaden de repente, hasta causarte sueños incómodos. Y sin embargo, aunque estoy en esta compleja situación, no pienso de ninguna forma en una medida desesperada a llevar adelante. Me parece que he priorizado otras cosas internas, dandoles valor, e identificando una total y casi completa satisfacción en lo poco; lo que no hace, claro, que melancólicamente extrañe aquello que, en lo corpóreo, no poseo. 

— Entonces ¿no te importa?— agregó.

— Oh! por el contrario, me importa mucho. Pero pienso que si la vida que llevo no va en consonancia con lo que me satisface internamente, me veré ante una tremenda frustración, quizás la más terrible de las frustraciones, la de morir en vida.

— ¿Temes a la muerte?— preguntó haciendo una mueca. 

— No, creo que nunca antes me había sentido tan viva, como ahora. Temo no vivir lo que deseo, así sea un mínimo de ello. 

— ¿y qué deseas? ¿a qué temes?— preguntó sonriendo. 

— Precisamente, temo lo que deseo. Y creo que, ya no es el otro, mi temor es la nada, en ninguna parte, la nada en vida, aceptar el vacío en la otredad, o mejor dicho, aceptar el vacío allí donde se cree que hay otredad, pero en realidad, no hay nada. 

— Parménides no estaría de acuerdo con eso— sonrió. 

— Cierto— añadí sonriendo — pero Parménides siembra la esperanza, y ¿en dónde descansa la esperanza? si no hay más que nada? Creo que Dios no existe, pero el ser humano lo necesita. Sin la idea de Dios el ser humano se desespera, teme morir, y finalmente, moriría en desesperación. Mientras que, si posee la esperanza de vida, se genera la volición, aun cuando ese dios no garantice un más allá, la esperanza del vivir, la esperanza del mañana, la volición de hacer cosas nuevas, de las cosas nuevas que vendrán, la esperanza tal vez, despojada de una deidad, o quizás en ella, o quizás en el cerebro solamente, pero creo que la gente se puede desesperar en sólo pensar que puede dejar de respirar de repente, y morir así sin más, sin justificación, sin esperar nada de un mañana, un mejor. Está inserta en el cerebro la idea del progreso, no sé si producto de la evolución, por eso corremos tras una falsa utopía, no progresamos, sólo cumplimos tareas que dejamos nos sean asignadas, o asumimos actos que creemos que nos llenarán de satisfacción, el placer está asociado a lo que creemos alcanzado, pero el placer es sólo la liberación de una hormona que nos permite llevar acabo el acto volitivo para seguir viviendo. 

— Entiendo— me dijo.

— Creo que yo no— sonreí — ¿mejor vamos por un café? o ¿a caminar? 

— Sí, me parece.—

Nunca sabré qué pensaba, por lo menos me escuchó. 

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